Por
fin Pedro Sánchez ha conseguido ser investido presidente del gobierno
de España. Después de un proceso azaroso, que se inició con la
moción de censura a Rajoy y ha supuesto dos elecciones al parlamento
en el mismo año, Pedro Sánchez ha sido capaz de consensuar con toda
una constelación de pequeños y medianos partidos su nombramiento a
presidente.
El
tortuoso camino recorrido ha conocido las contradictorias relaciones
entre PSOE y Podemos, el hundimiento de Ciudadanos, la eclosión de
la ultraderecha, la caída y cierta recuperación del PP, la división
en el soberanismo catalán, un relativo avance del nacionalismo vasco
y el surgimiento de fuertes sentimientos de agravio por el abandono
del mundo rural. Todo ello en un contexto muy voluble donde la
identificación de la ciudadanía con los diferentes proyectos
políticos varía de un día para otro.
La
investidura ha sido consecuencia, sobre todo, de dos grandes
acuerdos, el habido entre PSOE y Podemos, de marcado carácter
social, y los compromisos adquiridos por Pedro Sanchez con ERC de
cara a tratar el lio catalán en términos políticos. Se está
buscando una gobernación progresista, que ayude a las personas
perjudicadas por la crisis económica y refuerce el estado de
bienestar. Por otra parte, el futuro nuevo gobierno se compromete a
atender las demandas nacionalistas de ERC, siempre y cuando no se
sobrepasen los límites constitucionales. Pero el encaje de bolillos
de la investidura ha
implicado
otros pactos menores entre los que cabe destacar el llevado a cabo
con el PNV, quien además de completar el estatuto vasco se permite
pactar competencias para Navarra y negociar “modificaciones
legales
para
reconocer las identidades nacionales” sin
especificar a qué se refieren.
Pedro
Sánchez ha configurado el único gobierno posible, después de que la
derecha le negara el pan y el agua, especialmente Ciudadanos, y con
ello ha evitado que se repitan las elecciones por tercera vez con
resultados inciertos.
Para
una persona de izquierdas siempre es esperanzador la formación de un
gobierno progresista. Pero sin embargo, en esta ocasión no puedo
ocultar mi escepticismo. Hay quien saluda al nuevo gobierno
convencido de que estamos ante un nuevo contrato social del pelo del
que dio lugar al estado del bienestar en el siglo XX. Se equivoca.
Estamos ante un pacto de gobierno para cuatro años sobre cuya
estabilidad se levantan muchas sombras.
En
primer lugar, la derecha no solo no forma parte del acuerdo sino que
lo intenta tumbar, siendo muy beligerante tanto con sus contenidos
sociales, según ellos arruinan el país, como con la negociación
con los nacionalismos periféricos, que según ellos también, rompen
España. Prometen una oposición netamente destructiva. Posiblemente
su arma mas letal no va a estar en el parlamento sino en los
juzgados. Un artículo de Ignacio Escolar “Lawfare contra el nuevo
gobierno” publicado el 30/12/2019 en diario.es lo expone, creo que
con acierto.
En
segundo lugar, buena parte de lo acordado en el “Pacto del
polvorón” (Psoe-Podemos) depende de las posibilidades que ofrezca
la economía. Emilio Ontiveros en su artículo “Riesgos limitados”
El País 31/12/2019 recuerda, entre otras cosas, que las promesas
económicas quedan subordinadas, en el propio acuerdo, a dos
capítulos más vinculantes: “consolidar
el crecimiento y la creación de empleo” y “la justicia social y
el equilibrio presupuestario”, donde
los propios enunciados marcan las prioridades.
Ademas
Ontiveros advierte de la importancia de la pertenencia a la unión
monetaria y a sus reglas. Después de los peores años de la crisis,
dicha pertenencia ha permitido que la deuda pública española se
financie con una prima de riesgos baja y que el flujo de inversión
extranjera directa no haya dejado de crecer. Estoy convencido de que
estas premisas no van a ser incumplidas. El problema es que entramos
en una fase de desaceleración económica, que afecta a la industria,
como consecuencia del enfriamiento en la eurozona y que limitará las
posibilidades del gasto público.
En
tercer lugar, el gobierno es consecuencia de un complejo acuerdo a
varias bandas que debe reeditarse cada vez que sea necesaria una
mayoría para sacar adelante leyes como las presupuestarias. Lo que
quiere decir que la estabilidad del gobierno va estar sometida a
varios tipos de turbulencias. El conflicto catalán puede ser el
principal quebradero de cabeza del nuevo gobierno si no se encuentra
una pista de aterrizaje para el nacionalismo. Pero también Podemos
puede verse tentado a romper sus acuerdos si los objetivos sociales
que ha pactado no alcanzan los niveles esperados, cundiendo el
desencanto entre sus votantes. La perspectiva de retroceso electoral
puede hacer cambiar de opinión a Pablo Iglesias y los suyos.
Las
últimas
reflexiones
van
dirigidas
a
las peticiones nacionalistas. Su cumplimiento constituye una de las
claves de la próxima legislatura. Comparto la idea de que es mejor
negociar, hablar, usar la política para solucionar cualquier
problema en la convivencia. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que
son las regiones más ricas las que demandan más poder. Entiendo que los movimientos nacionalistas y sus demandas son legítimos. Como entiendo que su propia existencia es la mejor manifestación del caracter plural de España. Pero sus demandas no son un derecho, aunque ellos pretendan conectarlas con fueros y constituciones de otras épocas dándoles el rango de derechos históricos. Aquellos fueros lo fueron en epócas no democráticas y no pueden inspirar a un estado moderno que entre otras cosas debe guiarse por la solidaridad.
Por eso, me sorprende el entusiasmo de parte de la izquierda. Que hay de progresista en el hecho de que
en Euskadi tengamos los mejores servicios sociales del sur de Europa
si en Extremadura los ciudadanos no tienen acceso al tren?. Somos
capaces de solidarizarnos, justamente,
con
los países del tercer mundo, pero
somos
incapaces de repartir
con
las regiones más pobres del País en el que vivimos.
Por
otra parte, no sé que se esconde detrás de la frase “modificaciones
legales
para
reconocer las identidades nacionales”, pero
si sé que las cuotas de poder que caen en manos de los nacionalismos
son usadas en clave de construcción nacional, uniformizando a
sociedades plurales y complejas como la vasca y la catalana. Joseba
Arregi observa con preocupación los acuerdos de gobierno
y
señala (“Miedo a la complejidad” El Correo 04/01/2020) “…..
los vascos van a conseguir, más allá de las competencias debidas
…………. reducir las complejas identidades vascas a una simple
identidad territorial” ........“Que España sea plurinacional es un hecho
constatable. En la medida en que hay miles de personas que se sienten
pertenecientes a la nación vasca, o a la catalana, existen la nación
etnocultural vasca y la catalana. Y a la inversa:en la medida en que
en Euskadi y Cataluña existen miles de personas que se sienten
pertenecientes, al menos también, a la nación etnocultural
española, Euskadi y Cataluña son tan o estructuralmente más
plurinacionales que España misma. Sin contar a todos aquellos que,
por encima de su pertenencia a la nación etnocultural vasca o
catalana, o española, tanto en Euskadi como en Cataluña se sienten
y saben pertenecientes a la nación política española como
ciudadanos sujetos de derechos y libertades garantizados por la
Constitución.”
Los
conflictos nacionales, en un país tan complejo al respecto como
España, no tienen
solución
final, pero pueden ser encauzados con más normalidad y tranquilidad
desde una organización federal del estado. El Estado federal
distribuye el poder y la soberanía entre las entidades que lo forman
pero también exige cooperación, solidaridad y coordinación entre
las partes, así como fidelidad al proyecto común.
Pero
no puedo acabar estas líneas sin desear suerte y feliz andadura al
gobierno de Pedro Sánchez, especialmente en lo que se refiere a las
propuestas sociales.
