lunes, 14 de septiembre de 2026

La verdad y las mentiras sobre el islam en Europa

 


La verdad y las mentiras sobre el islam en Europa

El islam no supone un peligro serio, pero el islamismo y el miedo al islam sí

El pánico ante el islam se extiende por Europa. En varios países europeos, la mitad de la población piensa ya que es incompatible con los valores occidentales. El pasado 6 de septiembre, Alternativa para Alemania (AfD) logró un 44% de los votos en Sajonia-Anhalt, su mejor resultado hasta la fecha en unas elecciones estatales, tras alertar sobre la “islamización” y prometer deportaciones forzosas. Ese mismo fin de semana, en el Reino Unido, cientos de encapuchados ocuparon Dover al grito de “Stop the boats” y “Cristo es rey”. En Francia, la propuesta de Le Pen de prohibir el uso del velo islámico en espacios públicos cuenta con el respaldo del 60% de los votantes.

La obsesión también ha echado raíces en Estados Unidos. El temor ya no es tanto a los terroristas, como sucedía después del 11 de septiembre de 2001, sino a un supuesto plan islámico para conquistar Europa desde dentro. Integrantes de la Administración Trump advierten sobre la “desaparición de la civilización”.

Esta percepción está perjudicando las relaciones transatlánticas. Además, es incorrecta. Europa no se enfrenta a una toma islámica, ni a una radicalización masiva de los musulmanes, ni a la desaparición de su cultura. Como muestra nuestro reportaje, no existen “zonas prohibidas”, la sharía no se está incorporando lentamente a la legislación nacional y en ningún lugar se está produciendo un “gran reemplazo” demográfico.

El verdadero peligro para Europa es otro: el extremismo alimentado por el islamismo (la creencia de que el Estado debe imponer los principios islámicos) y por la paranoia derechista impulsada por las redes sociales. La izquierda agrava este problema al negar las amenazas, modestas pero reales, que supone el islamismo. También lo hacen los políticos centristas, que prefieren guardar silencio para evitar acusaciones de racismo. Esta dinámica sí podría dañar las democracias liberales europeas, no por sustituirlas por un califato, sino por frenar la integración y favorecer políticas que causarían un daño duradero a sus libertades.

Los temores más extremos se desmontan fácilmente. Incluso después de una migración récord desde países de mayoría musulmana, los musulmanes representan ahora solo el 6% de la población europea, que supera ampliamente los 500 millones de personas. Aunque los recién llegados suelen tener más hijos que los nacidos en Europa, las tasas de natalidad tienden a igualarse en apenas dos generaciones. Eso está muy lejos de suponer un borrado civilizacional.

De hecho, la mayoría de los inmigrantes musulmanes quieren prosperar en su nuevo hogar, no imponer una versión de las sociedades que acaban de dejar atrás. Sus hijos suelen obtener mejores resultados académicos que sus padres. En el Reino Unido, el 67% de los bangladesíes que realizaron los exámenes oficiales en el 2021 estaban matriculados en la universidad a los 19 años, frente al 38% de los británicos blancos. Muchos musulmanes participan activamente en la política tradicional: ahí están el ministro del Interior británico y el alcalde de Londres. En aspectos importantes, las actitudes de los musulmanes pueden parecerse a las de otros europeos. En una encuesta que encargamos entre musulmanes británicos, apenas encontramos rechazo a que las mujeres trabajen.

Es importante la confusión entre islam, una religión, e islamismo, una ideología política. El islam no es un problema; el islamismo puede serlo

Entonces, ¿qué está llevando a tantos europeos a rechazar el islam? Muchos musulmanes tienen opiniones poco liberales e informamos sobre el asesinato de un imán abiertamente gay en Sudáfrica. En el Reino Unido, según nuestras encuestas, el 52% de los musulmanes cree que la homosexualidad es incorrecta, y entre los jóvenes musulmanes (un 41% de los menores de 35 años), son más proclives que los mayores (25%) a considerar que la violencia puede justificarse si alguien insulta al profeta.

Sostener opiniones socialmente conservadoras no convierte a nadie, por sí solo, en una amenaza; algunos de los supuestos defensores de Europa en la derecha son tan homófobos como los musulmanes a los que critican. Sin embargo, algunas de estas actitudes deberían preocupar a los progresistas que llevan tiempo dando por sentado que las sociedades abiertas acaban volviendo a la gente más tolerante. Y si el Estado se muestra demasiado pusilánime para hacer frente a las injusticias cometidas por minorías, como cuando bandas de hombres musulmanes abusaron de chicas jóvenes en varias ciudades inglesas, provoca una indignación más que justificada.

Igual de importante es la confusión entre islam, una religión, e islamismo, una ideología política. El islam no es un problema; el islamismo puede serlo. A diferencia de los yihadistas del 11-S, la mayoría de los islamistas no defienden la violencia. Pero muchos practican el denominado “entrismo”: infiltrar instituciones democráticas para promover una agenda iliberal. Los grupos islamistas con buenos contactos pueden presionar a favor de leyes muy restrictivas contra los discursos de odio o en contra de programas de prevención del extremismo. El principal peligro del entrismo es local. Redes pequeñas y bien organizadas pueden hacerse con el control de una escuela, una mezquita, un ayuntamiento o una organización benéfica, y utilizar estas instituciones para desalentar la integración e imponer la conformidad religiosa a otros musulmanes que residan en la zona.

La preocupación por estos islamistas no violentos ha ido en aumento entre los servicios de seguridad europeos. En Francia, las autoridades temen la infiltración encubierta de los Hermanos Musulmanes. Un informe oficial publicado el año pasado advertía de que el islamismo podría, con el tiempo, amenazar las normas laicas y los derechos de las mujeres. Sin embargo, eso parece poco probable. El Ministerio del Interior francés calculó que sólo 139 de los 2.800 lugares de culto musulmanes estaban vinculados a los Hermanos Musulmanes.

En realidad, las principales víctimas son otros musulmanes. La mitad de los doce distritos municipales de Blackburn, en el norte de Inglaterra, tiene una población musulmana superior al 60%; en dos de ellos supera el 80%. En estas zonas, las mujeres pueden sentirse presionadas para dejar que los consejos de la sharía rijan sus vidas familiares. Los musulmanes gays y liberales sufren intimidaciones. Los musulmanes no conformistas se quejan de que las autoridades occidentales -temerosas de ser vistas como racistas- no les otorgan la misma protección que a los ciudadanos no musulmanes.

También existe un daño más amplio. Los islamistas avivan el antisemitismo, especialmente en relación con Gaza. Exigen limitar la libertad de expresión respecto a sus creencias. Intimidan a políticos, humoristas, académicos y periodistas, que acaban recurriendo a la autocensura. Pueden presionar a colegios, sindicatos de estudiantes, organizaciones benéficas y ayuntamientos.

Lo que convierte estas amenazas locales en un peligro a escala continental es la forma en que son explotadas. A los islamistas les conviene sostener que cualquier crítica a su proyecto político es un ataque al propio islam. La izquierda populista, incluidos La Francia Insumisa y los Verdes en el Reino Unido, tiende a tratar cualquier pregunta sobre migración, delincuencia o islamismo como racista.

La derecha populista suele avivar el miedo afirmando que todos los musulmanes representan una amenaza y acusando al Estado de un “encubrimiento progre” y de aplicar un “trato desigual”. Pocos han sido tan vehementes como Musk, que ha utilizado su plataforma en redes sociales para influir en la percepción del islam en todo el mundo y dar voz a la derecha antiislámica en Europa, desde AfD hasta Tommy Robinson, un agitador británico del que hablamos en una serie de pódcast en tres partes que comienza este fin de semana.

Los remedios que propone la derecha populista son tan iliberales como los de los islamistas de los que dicen querer proteger a Europa. Las promesas de deportaciones masivas, segregación y prohibición de determinadas vestimentas solo sirven para atemorizar a los musulmanes, dificultar su integración y empujarlos hacia los extremistas. Cualquier país que aplicara estas políticas comprobaría que el odio que desatan provoca un daño duradero.


Por eso los políticos tradicionales de Europa deben ofrecer una alternativa. La violencia y las amenazas de violencia deben ser perseguidas. Pero no debe haber temas tabúes en nombre de la sensibilidad cultural. La libertad de expresión no es enemiga de la tolerancia, sino su condición previa. El entrismo debe ser señalado, al igual que la intolerancia. Los gobiernos que tienen reparos en recopilar o publicar datos dejan un vacío que es ocupado por la exageración especulativa.


Abordar todo esto no será fácil ni rápido, pero hay motivos para la esperanza. Los musulmanes en Europa se están integrando, al igual que lo hicieron en su momento las oleadas anteriores de inmigrantes católicos, judíos y caribeños en los países donde se establecieron. La llegada de todos estos grupos anteriores provocó alarmas morales sobre si alguna vez llegarían a encajar. Todos ellos acabaron encontrando su lugar. Los musulmanes también lo harán, si no se permite que la división y la paranoia lo impidan.


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sábado, 5 de septiembre de 2026

El ‘momento Ceuta’ y la trampa que Europa se tendió a sí misma



 El ‘momento Ceuta’ y la trampa que Europa se tendió a sí misma

Sami Naïr

La falta de una política migratoria común y eficaz es el problema de la UE, que debe apostar por una gestión organizada de las migraciones, trabajando y cooperando con los países de origen

No se puede entender el asalto masivo e inesperado de personas inmigrantes en el territorio de Ceuta únicamente a través del cristal de probables manipulaciones indirectas de terceros países para desestabilizar al Gobierno español. Y el significado de fondo del momento Ceuta no se agota en un simple juego geopolítico y coyuntural: viene a poner en evidencia la trampa inexorable que ha ido tejiendo para sí la Unión Europea al elaborar su política migratoria.

Desde la adopción del Tratado de Maastricht, en 1991, para quienes reflexionaban sobre las relaciones entre las grandes potencialidades del mercado único europeo y la oferta migratoria mundial, era evidente que la falta de una política común, diligente y real de gestión de los flujos de trabajadores conduciría pronto a graves crisis migratorias. En aquella época, no faltaban expertos —incluso dentro de la propia Comisión de Bruselas— que proponían definir criterios que permitieran a cada Estado miembro adaptar, en función de las necesidades específicas y el grado de desarrollo de su respectivo mercado laboral, la acogida y las formas de regular las migraciones. Se era consciente de que los Acuerdos de Schengen, adoptados en 1985 y anclados esencialmente en el denominado paradigma del candado (cierre-entrada-cierre), resultaban ya demasiado rígidos ante la oferta migratoria procedente de África, los países del Este y Asia. No extraña, pues, que las crisis migratorias en la UE muestren claramente la doble cara que caracteriza hoy su modelo político en esta esfera: por un lado, la incapacidad de hacer frente, salvo por medios policiales, a la demanda migratoria procedente del exterior del espacio Schengen; por otro, la incapacidad de responder a la necesidad de nueva mano de obra dentro de dicho espacio. En resumen: “¡No los queremos y, sin embargo, los necesitamos!“. Esa es la trampa del paradigma del candado, asentado en el más que elocuente proyecto de quienes dirigían Europa entonces y ahora: es el mercado, y solo este, el que tiene las llaves de la UE, y no una política común, flexible y concertada. De ahí se desprenden varias constataciones.

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En primer lugar, la entrada masiva y desesperada en Ceuta demuestra que, a la menor ocasión, las fronteras del norte del Mediterráneo pueden ser traspasadas y desestabilizadas.

A renglón seguido, sabemos que los países de origen, minados por las desigualdades y asediados por el crecimiento demográfico exponencial acumulado en los últimos 40 años, no pueden asegurar la integración social de una parte de su población, como tampoco garantizar, debido a la corrupción, el cumplimiento de los acuerdos de control fronterizo que firman con sus socios europeos. Hoy, la cuestión de la inmigración se ha convertido en moneda de cambio y en un arma en sus relaciones con Europa.

A su vez, a estos terceros países les resulta incómodo y abusivo tener que desem­peñar el papel de gendarme que les impone Europa, lo que supone, además, violar unas normas del Estado de derecho que, para colmo, luego, hipócritamente, les reprochan haber vulnerado. De hecho, la UE nunca se ha mostrado, en los últimos 40 años, ni fiable ni solidaria con ellos; se ha centrado en las inversiones para la integración de los países del Este en detrimento de una gran política mediterránea de desarrollo compartido, a la que se había comprometido desde hace décadas. Entre el norte y el sur, la desconfianza es la norma, y la sospecha, una medida de seguridad.

El momento Ceuta no es, pues, coyuntural, sino que obedece a un estado de tensión estructural en las relaciones entre la construcción europea y el contexto migratorio mundial; no ha dejado de repetirse desde 1991, como expresan los miles de vidas ahogadas en el Mediterráneo, las decenas de miles de solicitantes de empleo y de asilo encerrados en los centros de internamiento alrededor y en el interior mismo de las fronteras europeas, los innumerables desaparecidos o devueltos en caliente a los desiertos del sur.

La política europea no ha estado ni está, por lo tanto, a la altura del reto migratorio; el modelo de gestión solo desde el mercado se ha revelado inadecuado. Y es que, a medida que la demanda migratoria se acumula con los años, la presión externa derivada del drástico cierre de las fronteras va aumentando exponencialmente hasta límites insoportables: de ahí la transformación de Europa en una fortaleza blindada, la creación de una policía terrestre, marítima y aérea (Frontex) que agota los presupuestos europeos y nacionales, y, por último, el desarrollo de un clima cultural en los países europeos asediados por los nuevos bárbaros que propicia el auge de partidos neofascistas, además de un excepcional endurecimiento del derecho penal europeo, que tiende cada vez más a equiparar la inmigración ilegal con el terrorismo, como ha demostrado Esther Pomares Cintas en su obra La deriva del Derecho Penal y la democracia.

En medio de esta atmósfera, el Gobierno español se ha convertido en el blanco preferido de los partidos xenófobos porque es el único en Europa que dice con franqueza lo que hace y hace lo que dice: no aboga en absoluto por la apertura de las fronteras, no permite ninguna laxitud en el cumplimiento de las obligaciones a las que deben someterse los migrantes: es más, su principal fortaleza radica en que anuncia claramente que la economía del país necesita mano de obra extranjera, que la solidaridad es la mejor garantía para gestionar las relaciones con los países del sur, y que la protección del derecho de los migrantes frente al odio es el principal antídoto contra la extrema derecha. Esto le honra.

Por estas razones, ya es hora de que Europa comprenda que el control de los flujos migratorios debe instalarse en un nuevo paradigma. Debe oponer una visión a largo plazo anclada en la gestión organizada de las migraciones, que son, a la vez, necesarias, inevitables y beneficiosas para su mercado. Pero, dado el retraso acumulado durante tantos años en la libertad de circulación, sería muy peligroso abrir totalmente las fronteras. En cambio, sí es perfectamente posible instaurar una libertad de circulación organizada que implique estos elementos: a) aumento significativo de la concesión de visados mediante acuerdos con los países de origen y de tránsito; acuerdos que no deben limitarse a los contratos de trabajo desde el país de origen; b) la integración de las migraciones como una variable central en las políticas macroeconómicas tanto de los Estados como de Europa. Nunca se repetirá lo suficiente: la gestión de los flujos migratorios es la única solución. Al sistema de cierre-entrada-cierre hay que oponer la libre circulación organizada y el codesarrollo cooperativo con los países de origen.

Sami Naïr es politólogo, especialista en geopolítica y migraciones. Su último libro es Europa encadenada (Galaxia Gutenberg, 2025).

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