sábado, 5 de septiembre de 2026

El ‘momento Ceuta’ y la trampa que Europa se tendió a sí misma



 El ‘momento Ceuta’ y la trampa que Europa se tendió a sí misma

Sami Naïr

La falta de una política migratoria común y eficaz es el problema de la UE, que debe apostar por una gestión organizada de las migraciones, trabajando y cooperando con los países de origen

No se puede entender el asalto masivo e inesperado de personas inmigrantes en el territorio de Ceuta únicamente a través del cristal de probables manipulaciones indirectas de terceros países para desestabilizar al Gobierno español. Y el significado de fondo del momento Ceuta no se agota en un simple juego geopolítico y coyuntural: viene a poner en evidencia la trampa inexorable que ha ido tejiendo para sí la Unión Europea al elaborar su política migratoria.

Desde la adopción del Tratado de Maastricht, en 1991, para quienes reflexionaban sobre las relaciones entre las grandes potencialidades del mercado único europeo y la oferta migratoria mundial, era evidente que la falta de una política común, diligente y real de gestión de los flujos de trabajadores conduciría pronto a graves crisis migratorias. En aquella época, no faltaban expertos —incluso dentro de la propia Comisión de Bruselas— que proponían definir criterios que permitieran a cada Estado miembro adaptar, en función de las necesidades específicas y el grado de desarrollo de su respectivo mercado laboral, la acogida y las formas de regular las migraciones. Se era consciente de que los Acuerdos de Schengen, adoptados en 1985 y anclados esencialmente en el denominado paradigma del candado (cierre-entrada-cierre), resultaban ya demasiado rígidos ante la oferta migratoria procedente de África, los países del Este y Asia. No extraña, pues, que las crisis migratorias en la UE muestren claramente la doble cara que caracteriza hoy su modelo político en esta esfera: por un lado, la incapacidad de hacer frente, salvo por medios policiales, a la demanda migratoria procedente del exterior del espacio Schengen; por otro, la incapacidad de responder a la necesidad de nueva mano de obra dentro de dicho espacio. En resumen: “¡No los queremos y, sin embargo, los necesitamos!“. Esa es la trampa del paradigma del candado, asentado en el más que elocuente proyecto de quienes dirigían Europa entonces y ahora: es el mercado, y solo este, el que tiene las llaves de la UE, y no una política común, flexible y concertada. De ahí se desprenden varias constataciones.

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En primer lugar, la entrada masiva y desesperada en Ceuta demuestra que, a la menor ocasión, las fronteras del norte del Mediterráneo pueden ser traspasadas y desestabilizadas.

A renglón seguido, sabemos que los países de origen, minados por las desigualdades y asediados por el crecimiento demográfico exponencial acumulado en los últimos 40 años, no pueden asegurar la integración social de una parte de su población, como tampoco garantizar, debido a la corrupción, el cumplimiento de los acuerdos de control fronterizo que firman con sus socios europeos. Hoy, la cuestión de la inmigración se ha convertido en moneda de cambio y en un arma en sus relaciones con Europa.

A su vez, a estos terceros países les resulta incómodo y abusivo tener que desem­peñar el papel de gendarme que les impone Europa, lo que supone, además, violar unas normas del Estado de derecho que, para colmo, luego, hipócritamente, les reprochan haber vulnerado. De hecho, la UE nunca se ha mostrado, en los últimos 40 años, ni fiable ni solidaria con ellos; se ha centrado en las inversiones para la integración de los países del Este en detrimento de una gran política mediterránea de desarrollo compartido, a la que se había comprometido desde hace décadas. Entre el norte y el sur, la desconfianza es la norma, y la sospecha, una medida de seguridad.

El momento Ceuta no es, pues, coyuntural, sino que obedece a un estado de tensión estructural en las relaciones entre la construcción europea y el contexto migratorio mundial; no ha dejado de repetirse desde 1991, como expresan los miles de vidas ahogadas en el Mediterráneo, las decenas de miles de solicitantes de empleo y de asilo encerrados en los centros de internamiento alrededor y en el interior mismo de las fronteras europeas, los innumerables desaparecidos o devueltos en caliente a los desiertos del sur.

La política europea no ha estado ni está, por lo tanto, a la altura del reto migratorio; el modelo de gestión solo desde el mercado se ha revelado inadecuado. Y es que, a medida que la demanda migratoria se acumula con los años, la presión externa derivada del drástico cierre de las fronteras va aumentando exponencialmente hasta límites insoportables: de ahí la transformación de Europa en una fortaleza blindada, la creación de una policía terrestre, marítima y aérea (Frontex) que agota los presupuestos europeos y nacionales, y, por último, el desarrollo de un clima cultural en los países europeos asediados por los nuevos bárbaros que propicia el auge de partidos neofascistas, además de un excepcional endurecimiento del derecho penal europeo, que tiende cada vez más a equiparar la inmigración ilegal con el terrorismo, como ha demostrado Esther Pomares Cintas en su obra La deriva del Derecho Penal y la democracia.

En medio de esta atmósfera, el Gobierno español se ha convertido en el blanco preferido de los partidos xenófobos porque es el único en Europa que dice con franqueza lo que hace y hace lo que dice: no aboga en absoluto por la apertura de las fronteras, no permite ninguna laxitud en el cumplimiento de las obligaciones a las que deben someterse los migrantes: es más, su principal fortaleza radica en que anuncia claramente que la economía del país necesita mano de obra extranjera, que la solidaridad es la mejor garantía para gestionar las relaciones con los países del sur, y que la protección del derecho de los migrantes frente al odio es el principal antídoto contra la extrema derecha. Esto le honra.

Por estas razones, ya es hora de que Europa comprenda que el control de los flujos migratorios debe instalarse en un nuevo paradigma. Debe oponer una visión a largo plazo anclada en la gestión organizada de las migraciones, que son, a la vez, necesarias, inevitables y beneficiosas para su mercado. Pero, dado el retraso acumulado durante tantos años en la libertad de circulación, sería muy peligroso abrir totalmente las fronteras. En cambio, sí es perfectamente posible instaurar una libertad de circulación organizada que implique estos elementos: a) aumento significativo de la concesión de visados mediante acuerdos con los países de origen y de tránsito; acuerdos que no deben limitarse a los contratos de trabajo desde el país de origen; b) la integración de las migraciones como una variable central en las políticas macroeconómicas tanto de los Estados como de Europa. Nunca se repetirá lo suficiente: la gestión de los flujos migratorios es la única solución. Al sistema de cierre-entrada-cierre hay que oponer la libre circulación organizada y el codesarrollo cooperativo con los países de origen.

Sami Naïr es politólogo, especialista en geopolítica y migraciones. Su último libro es Europa encadenada (Galaxia Gutenberg, 2025).

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